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Bartolo

  • eugeniadunkler
  • 11 ene 2021
  • 2 min de lectura

-Fabián, el perro me odia.

-¿Cómo te va a odiar Bartolo?-responde entretenido Fabián mientras lava los platos.

La convivencia venía muy bien. Era una prueba de fuego la decisión de que Gastón se mudara a lo de Fabián, no dejaba de ser un departamento chico y él, el dueño de casa, tenía esa sensación de “jugar de local”. Sin embargo, ambos confeccionaban horarios y rituales en ese pequeño espacio para que la presencia del otro fuese una deseada compañía y no un hostigamiento.

-Me odia, me doy cuenta cuando me mira, ¡no parpadea! No me da la patita, ni va a buscar el hueso cuando se lo tiro al pasillo…

-¿Puede ser que el encierro te esté afectando mal a vos?- acota su pareja con un tono irónico que siempre enfurece a Gastón. Prácticamente, es la ante sala de una cotidiana pelea.

-No. Sí…Puede ser…Pero ese perro es raro. -Si empezamos así, vamos mal- interrumpe nuevamente Fabián mientras acomoda los platos en la alacena- Su nombre no es “perro” ni “raro”, es “Bartolo”.

-¡No me registra como autoridad!- arremete Gastón, visiblemente molesto-. Todas las órdenes que le doy, no las cumple a ninguna. Cuando me acerco a hacerle un mimo como a cualquier perro, me da vuelta la cara. Me acerco y se levanta y se va. ¡Te lo juro!

-¿Ese perro?-señalando a un inocente pug que miraba sin emoción, cual Mona Lisa, la discusión en la cocina.

-César Millán dice...

-¿Quién?

-César Millán, el encantador de perros. Es como un psicólogo de perros.

-¿En serio?-murmura Fabián mientras una coma sarcástica se le dibuja en la cara a la vez que prende su puchito de la noche.

Gastón era un tomate, o lo más parecido a eso. Cada poro de su piel gritaba “¡alarma!, se avecina la tormenta!”. Respiró tres veces, algo al pasar había escuchado que hacía bien para relajarse.

Retoma la conversación. -Millán dice que es importante que me vea como de su manada y me respete.

-Pero ¡claro que sí y lo hace!- desliza en un tono más amigable Fabián. Mira la hora, las doce de la noche y hablando sobre el perro. Su cabeza de informático no podía entender semejante planteo. -¿Qué te parece si la seguimos mañana y nos vamos a dormir?

Gastón suspira, pero se rinde. Acomoda sus cosas y ya comienza con su liturgia de seguridad: observar las hornallas, cerrar con dos llaves la puerta, trabar las ventanas y así.

Ya acostados, Gastón dice entre dientes "me tratas de loco y no lo estoy". Última frase y el sueño los desploma sin siquiera decir “Buenas noches”.

A las 3 de la mañana, unas patitas sigilosas trazan el camino de todas las noches, de la cucha a la habitación. Ya en el lado de Gastón, Bartolo susurra en un perfecto y entendible español “Te odio”.


 
 
 

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