La taza de la tía Elvira
- eugeniadunkler
- 11 ene 2021
- 3 min de lectura

La taza de la tía Elvira, blanca y traslúcida, posaba orgullosa frente la ventana, sobre un camino de crochet color tiza dispuesto en la cómoda de algarrobo.
La taza de la tía Elvira, blanca y traslúcida, posaba orgullosa frente la ventana, sobre un camino de crochet color tiza dispuesto en la cómoda de algarrobo.
Valeria siempre contemplaba la taza de su tía, la miraba buscando preguntas escondidas dentro de sus majestuosas flores violetas con destellos dorados. Unas figuras tan enigmáticas como encantadoras, fiel representación de Elvira. A la vez, su procedencia europea la invitaba a cuentos ficcionarios del objeto: Elvira la pudo haber comprado en una tienda de reliquias en Viena, en un lugar repleto de utensilios usados, llenos de energía e historias. Bajo esta perspectiva, la taza pudo haber sido de la Emperatriz Sissi, o de un artista cuya especialidad era realizar réplicas de Botticelli o del Walmart. Esta última opción siempre la hacía reír a Valeria. Tía y sobrina compartían algo: ambas vivían en las nubes
En cada mudanza, Valeria protegía la taza mediante un ritual de envolturas, cajitas, bolsitas de globos y etiquetas que trazaban el nombre “Elvira” junto al dibujo de una carita feliz. Esa taza la había acompañado por tantísimos años, fue testigo de duras decisiones como de momentos felices durante su soltería hasta con su matrimonio con Javier.
La taza estuvo junto a Valeria en un minúsculo departamento en Buenos Aires, cuando estaba viviendo la vida de “alguien más”, según sus palabras, pero no la de ella. Sin embargo, no fueron sus palabras las que le avisaron que algo iba mal, sino su cuerpo: las constantes enfermedades, dolencias y fatigas crónicas le anunciaron el fin de un camino. Recuerda el día del “volantazo” con Javier, esa charla en donde empezaron a idear un destino en otra provincia, con otro paisaje y nuevas ilusiones. Todavía puede sentir ese cosquilleo mezcla de miedos y expectativas, pero sobre todo, recuerda los ojos de ternura de su esposo cuando le sostenía la mano
Valeria siempre contemplaba la taza de su tía, la miraba buscando preguntas escondidas dentro de sus majestuosas flores violetas con destellos dorados. Unas figuras tan enigmáticas como encantadoras, fiel representación de Elvira. A la vez, su procedencia europea la invitaba a cuentos ficcionarios del objeto: Elvira la pudo haber comprado en una tienda de reliquias en Viena, en un lugar repleto de utensilios usados, llenos de energía e historias. Bajo esta perspectiva, la taza pudo haber sido de la Emperatriz Sissi, o de un artista cuya especialidad era realizar réplicas de Botticelli o del Walmart. Esta última opción siempre la hacía reír a Valeria. Tía y sobrina compartían algo: ambas vivían en las nubes
En cada mudanza, Valeria protegía la taza mediante un ritual de envolturas, cajitas, bolsitas de globos y etiquetas que trazaban el nombre “Elvira” junto al dibujo de una carita feliz. Esa taza la había acompañado por tantísimos años, fue testigo de duras decisiones como de momentos felices durante su soltería hasta con su matrimonio con Javier.
Un pensamiento, de improvisto, cruzó su cabeza: ambas seguían de pie, con tantos kilómetros encima, luego de altas y bajas. Entre sus manos, la pieza italiana cobraba más relevancia, irradiaba una indescifrable belleza que la hacía peculiar, única, irrepetible.
Valeria dio vuelta la taza para leer la leyenda "Vida disfrutada" en su base. Se la imaginó a su tía grabando la frase en la taza con sus propias manos. Elvira, justamente, que saboreó el mundo con sus culturas, banderas y colores como pocas mujeres de su época, casi como una burla a las estructuras y mandatos del momento.
De repente, Javier se acercó y la abrazó tan fuerte que podía sentir su corazón. “¿Querés un mate?”, le preguntó al oído. Ella afirmó con la cabeza.




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