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Beatriz

  • eugeniadunkler
  • 11 ene 2021
  • 3 min de lectura

-Me gustaría que anote que amo mucho a mi familia. Mucho, mucho. Los amo a todos, mis hijas, nietitos, yerno.

-Ya lo escribí, señora.

-¿Los nombraste a todos?

-Sí, señora. Mire, usted está en una comisaría...

-Beatriz.

-Bien, Beatriz, necesito completar todos los datos de usted y de por qué la encontramos en la terminal de ómnibus. Violó el protocolo de seguridad. Puso en peligro su seguridad y la de otros.

-¿Es necesario que escribas que me encontraron ahí?, ¿no puede ser en el super?

-No, señora Beatriz. Su hija ha estado llamando incansablemente…

-¡Dígale que no estoy!-interrumpe nuevamente Beatriz. Quien la conoce, sabe que es un defecto que arrastra por años. Se anticipa, completa las frases, piensa que sabe lo que el otro va a decir. Esto le trajo roces con su hija en esta reciente convivencia de cuarentena, pero es un rasgo que permanece en ella año tras año.

-¿Cómo le voy a decir?, ¡ahhh!- refunfuña el comisario en la guardia. No cobra tanto, no tiene humor, ni ganas de tratar con esta situación.-¿Qué está haciendo?, ¿desinfectando?- dice mientras se saca la mano de la cara como gesto de cansancio o auxilio.

-Mi amor, ¿cómo te llamas?-pregunta Beatriz mientras se esfuerza en quitarle una mancha a un vidrio. En un santiamén, se había colocado un barbijo reglamentario, guantes y estaba vertiendo lavandina como quien tira arroz en una boda. Ya lo decía siempre admirado su nietito Lorenzo “¿qué más trajiste en tu cartera, abu?”. -Señora, con todo respeto, yo soy el que hace las preguntas.

-¡Y estás haciendo un excelente trabajo!- le remarca con una sonrisa de eterna directora de escuela.

-Néstor-responde el hombre de treinta y tantos años- ¿Puede detenerse? Hay personal que…

-Néstor, la verdad es que no puedo regresar a la casa de mi hija. Son todos muy bonitos, muy buenos, muy amorosos. Pero no puedo ver el noticioso a las ocho, mis nietitos gritan y dan tumbos todo el tiempo. Carito, mi hija, anda de aquí para allá, con niños, cocina, marido. ¡Me da estrés de solo verla! Que se pelean, se reconcilian, se pelean, se reconcilian. No mirás bien y te estampas con el piso porque hay un autito en el suelo.

-Todas las familias son así- defiende Néstor. Un poco porque lo cree y otro poco porque sus hijos están con desbordante energía las 24 horas y, claro, entiende ese sentimiento culposo de querer descansar un ratito, irse de viaje y que lo encuentren en la terminal.

-Lo sé, amor. Pero ya pasé por eso. Quiero volver a ver Bonanza, estar en mi cocina, en mi pueblo. Hace 30 años que vivo sola.

-Mamaaaaaaaaaaaaaaaaa- se escucha como un temblor desde la puerta-Diego, teneme a los nenes. ¿Podés soltar el celular?, ¡Atendeme cuando te hablo!¡ Ahí está mi vieja!.

Nestor contemplaba la situación. Sintió empatía por Beatriz.

-Vení para acá Felipe, ¡Diego!-grita Carito en una joggineta verde.

Nestor alcanza a detener al niño de un año y medio, quien en el medio de la escena teatral, exploraba impaciente un enchufe pelado. -Gracias- dice la joven mujer quien ya no sabía si respetar el metro de distancia o dormir (siempre busca un momento de siesta)

-Usted debe ser la hija. Acá estamos charlando con su mamá- comenta el policía con un gesto de complicidad.

Ambos sonríen y voltean en dirección a Beatriz, solo para encontrar la silla vacía con una nota de su puño y letra “Me fui a casa, los amo”.


 
 
 

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