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Carmen

  • eugeniadunkler
  • 11 ene 2021
  • 2 min de lectura

Clara entró a la cocina, abrió la heladera y vio la milanesa fría. Ni ganas de prender el microondas (era unos de esos días), así que una milanesa fría fue su cena. Los grandes monstruos tomaban formas extrañas en la modernidad: las preocupaciones cotidianas, facturas vencidas o un televisor que vomitaba malas noticias. La angustia se juntó en su pecho y sin más, vestida como estaba, se derrumbó en el sillón.

Las lágrimas salían a borbotones mientras un tibio sueño acurrucaba la mente de Clara. Rumba, su perra de 5 años, tomó impulso y se abalanzó donde estaba su dueña. Era de piernas cortitas, pero conservaba su agilidad.


Entre suspiros dormidos, Clara percibió que alguien o algo le estaba acomodando la frazada sobre su cuerpo. -Esta chica siempre desabrigada, siempre.


Esas palabras, que sonaron como un susurro, le resultaron familiares. Se encontraba en el umbral entre la vigilia y el sueño; estaba realmente perdida en lo que escuchaba y sentía. Su mente procesaba todo lo que podía, intentaba dar forma a lo que percibía…pero ¿cómo saber si era real? Era extraño, pero no sentía miedo, sino que por el contrario: la reconfortaban.


Sintió un beso en la frente y la voz de su abuela recitar en voz baja “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día” junto a la señal de la cruz.


Otra lágrima se dibujó en el rostro de Clara, pero esta vez estaba compuesta del más hermoso y tierno amor. Quería despertarse, estaba decidida a hacerlo.


Rumba empezó a gruñir y a ladrar en un tono entre grave y atemorizante.


Al fin se le concedió el deseo, aunque no de la forma en que Clara quería. Solo pudo entreabrir los ojos, como si los mismos pesaran miles de kilos. Bajo esa atmósfera de ensoñación, logró divisarla. Era ella. Era Carmen. Clara desbordaba emoción, sentía cómo la felicidad calentaba su alma.


No podía hablar mucho, aunque sus ojos achinados decían todo por ella. Carmen vestía un atuendo de flores, de colores vibrantes como siempre le gustó a ella. Lucía alegre, fresca y liviana. “Muy liviana”, pensó su nieta.

Esa era la sensación, como un diente de león.

-Te extraño-le dijo conmovida Clara. Carmen dejó de acomodar los libros desparramados de su nieta para ir a su encuentro.

-Pero siempre estoy con vos, bichito de luz- dijo con voz serena Carmen.

-¿Estoy imaginando todo?, ¿estoy alucinando?, ¿es magia?-expresaba Clara mientras aprovechaba la oportunidad que le daba su boca.

-¿Y si la magia existe?- contestó risueña Carmen-Como la magia de un nuevo día, como las flores destellando toda su belleza a pesar del contexto. O tal vez la magia se parece a un nuevo amor para un corazón roto, o la caricia de amor eterno para quien lo espera.

Sus ojos parecían dos gotas de universo, infinitos y puros. Nunca dejó de sonreírle a Clara. Se volvió a ella para hacerle un rulo en el pelo.

-La magia- dijo Carmen- tal vez sea que aparezca en tu cuento y que vos me leas.


 
 
 

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