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Claudia

  • eugeniadunkler
  • 11 ene 2021
  • 5 min de lectura

El cuello seguía la figura de la letra “U”, encorvado, siempre hostigado a mantener esa postura en pos de atender su hábito, o adicción a este punto. Una vez más, como cada quince minutos, Claudia estaba metida en su celular. Esa era la palabra: “metida”, como perteneciendo a mundos aparentemente reales pero, sin lugar a dudas, construidos en la búsqueda de instalar escenografías virtuales. Miraba aunque no veía: ¿cómo podría hacerlo a la velocidad que su dedo índice manejaba en la ruta de la pantalla?


El flujo de imágenes se detenía frente a puntuales fotos. Retrocedía con el dedo y Claudia acudía a la destreza de su mano para agigantar la imagen, para ir tras el detalle, inspeccionando cuerpos, casas, miradas, sonrisas. “Debe tener todo operado- rumía entre dientes- así cualquiera”. Sus ojos salían de su estado de hibernación para dar lugar a una logística extraordinaria de investigación y análisis de datos. En ese instante, había un submundo en el mundo de Claudia: su contexto, en este caso su departamento, podía desaparecer tranquilamente. Los llamados de su hija podían hacer el cambio de switch . En suma, su postura relajada vertida sin protocolo alguno sobre el sofá invitaría a imaginar a una persona en estado de paz. Eso sería una sencilla ingenuidad. Por el contrario, Claudia estaba en un festín con varios invitados en su cabeza: la vieja chicha que nos habita a todos, que disfruta de cada comentario jugoso de la vida ajena o también la jueza de la Super Mega Corte de Justicia, exultante de arribar a su próximo fallo, sentenciándola a ella y a quien se le cruce en el camino, entre otras voces que aparecían. “Mirá, Pedro logró hacer el doctorado y debe ganar mucho más que yo”, se dice a sí misma la mujer. Quiere esbozar una sonrisa, pero no le sale. Y ya está , nadie la está viendo, no tiene por qué fingir. Continúa. Una nueva foto, una nueva víctima. “Pfff, mirá si estos dos van a estar juntos por amor”, desliza al vacío del living. “¿ A quién les quieren hacer creer que..”. - Yawnnn.


Un fuerte y nítido sonido a bostezo llamó la atención de Claudia. Ella no había sido y estaba sola en el living. Miró todas a partes.

Su hija estaba en su pieza, en la otra ala del departamento. Aguardo unos segundos en silencio. Nada, de repente: - Por Dios, es un collar de sandía esta mujer-, dijo una voz finita, chistosa, parecida a la de un dibujito animado.

Claudia pegó un salto rápido del sofá. Sus ojos parecían un dos de oro. -Valeriaaaaa-, gritó nerviosa .Al instante se escuchó: -Quéee maaá- con ese tono oveja que la irritaba hasta la médula. Sin embargo, en ese momento no la perturbó, estaba realmente desconcertada por encontrar el origen de la voz. Su hija estaba a unos metros de distancia y lo que acababa de escuchar venía de una fuente muy cercana. -¡No te puedo creer que por fin me escuchó!-, dijo de vuelta esa vocecita enigmática. -¡¡¡¡Valeriiiaaaa!!!-, volvió a gritar Claudia. Prefería parecer desquiciada a comprobar que efectivamente lo estaba. -Queeé-, le respondió una voz dulce e infantil. Claudia ya no sabía qué le debía preocupar: si la presencia parlanchina desconocida, que su hija no se asustara de su voz de auxilio o que la niña no dejara de ver tele para ir a su encuentro. Masticó su bronca cuando la volvió a interrumpir esa otredad extraña: -ella también está un poco harta, ¿la podrías culpar?. Bajo esa respuesta, pensó “bueno, no es maligno o algo horrible”, para ella esa vocecita tenía un dejo de sentido del humor. -Pero no, ¿qué te pensás?, ¿que soy Freddy Krugger con esta voz o la nenita de Poltergeist?-, retrucó el aullido chillón. -Y, entonces, ¿ qué o quién sos?-, dijo Claudia un poco más tranquila. Hablaba en voz alta para no demostrar locura, se figuraba manteniendo un diálogo con algo o alguien más. Pero, a pesar de sus intenciones, el cuadro visto de afuera seguía siendo una persona enunciando discursos sin público visible. -Soy vos, soy una especie de parte tuya-, le replicó. -¿Como la Matrix? ¿Venís del futuro? ¿Qué va a pasar?-, dijo curiosa y muy interesada Claudia. Se sentó de nuevo y se decidió a disfrutar del momento, le parecía un evento histórico, extraordinario, único... una especie de pandemia personal.

-No, te estás comiendo un viaje Clau-, exclamó la voz. -Soy vos, soy una parte tuya que me tenías olvidada. No vengo del futuro, no te alegres tanto, no es que te voy a decir que mañana vas a tener un yate. Lo que pasa es que me tenías en mute, por eso estás desconcertada-. -Pero me trataste de pesada-, le dijo medio molesta Claudia. -¿Sabés lo que es vivir con alguien que se está quejando o comparando con media humanidad las 24 horas del día? Che, Clau, la felicidad no está ahí, menos en las redes, la estás pifiando mal -¡Pará!- dijo la protagonista en un intento de máxima lucidez- ¿ acaso esto es un momento de luz en donde me doy cuenta de todo lo que no me gusta de mi vida y emprendo una nueva? Yo a Valeria me la llevo conmigo, eh.- -Bueno, te calmás. Para empezar, estás en cuarentena, ¿a dónde te vas a ir? ¿Y podés dejar de imaginarme como un híbrido entre E.T. y Alf?-, retrucó su yo.


Claudia se empezó a tentar. - De eso te quiero hablar- sostuvo su voz- es un embole escucharte que nada te viene bien. No éramos así, nos reíamos mucho, estábamos más pendientes de organizar planes, bailábamos ¿ te acordás? ¡Cómo bailábamos y cantábamos! -¡Sí!-le dijo Claudia- Siempre me convocaban en los grupos de baile. ¡Y ni hablar de que fui la Reina de la Primavera en los noventa! - Deberíamos buscar las fotos-, le recordó su voz.

Claudia estalló de una carcajada. -Y ahora estás pendiente del error tuyo, del otro, de Valeria. ¿ En qué te convertiste, Daniel? Todavía no hablamos de lo audaz que eras... ¿ a quién se le ocurría ponerse esa pollera a flores junto a esa remera a lunares con alpargatas? Caminabas, mejor dicho, ¡desfilabas como Kate Moss en plena 9 de julio! ¡No me hagas comenzar!-, le susurraba la voz jocosamente.

La mujer lloraba de risa, de una risa hermosa, contagiosa, bien ruidosa, de esas que llenan los espacios - Mamá-, le toca la cara Valeria con una sonrisa dibujada, sorprendida de verla tan feliz. - ¿Qué te pasó?, ¿de qué te reís tanto? - Nada, mi amor, me encontré con una vieja amiga.

Le quería explicar más, pero prefirió que ella descubra que en el silencio y en la intimidad, se revelan los encuentros más maravillosos.


 
 
 

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