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“Julia y Corbata”

  • eugeniadunkler
  • 3 oct 2020
  • 8 min de lectura

A Julia la conozco hace seis años. Fue amor a primera vista. Yo estaba en un costado de la calle, un poco perdido de los autos y ruidos, y con un hambre descomunal. Hasta el día de hoy mi panza hace ruido con solo recordar ese momento.

La verdad es que en mi corta vida, venía de mal a peor: ya contaba con una costilla rota por ese humano pelado que me pateó con furia por robarle una medialuna que, torpemente, dejó caer al piso. Si yo tuviera la panza que tenía él, no me enojaría que cualquier ser se alimentara de mis migajas. Pero, en este caso, la gula no conoce de límites, ni para él ni para mí. Su pie se hundió en mi blando cuerpo hasta romper mi hueso como quien parte en dos una rama que encuentra por ahí. Fácil e impunemente, pues no era su cuerpo sino el mío. Grité alto como pude, tal vez eso lo espantó o sencillamente le dio vergüenza cómo la gente se quedó mirándolo.

No pude ni disfrutar de la medialuna por el dolor, me lamía y lamía, pero la sensación punzante adentro mío latía con más fuerza. Tardé varios días en acostumbrarme a convivir con esa herida, pero ya venía con la gimnasia de pasar jornadas sin comer y los malestares eran parte de mis rutinas.

Vagaba con el rabo siempre entre las piernas, tratando de esconderme de los “mandíbulas”, un grupo de perros callejeros conocidos por practicar el canibalismo. Solo en una ocasión me crucé con un perro de esa manada: Beto, un callejero robusto de un solo ojo que me marcó el hocico con sus garras en mi intento de huida. La calle te lleva a extremos donde la perversión y la miseria se respiran por cada poro.

Nada de esto me prepararía para mi vida con Julia.

El día estaba nublado y mi pelaje seguía húmedo por la lluvia, pues no había podido conseguir un techo para dormir la noche anterior. Julia me encontró cansado, con el ánimo de un alma vieja y desanimada. Olía a flores, a calorcito, a mates a la mañana, a una vida con muchos sueños y anhelos.

Me animé a mirarla a los ojos y descubrí unos enormes ojos negros llenos de pestañas. Era flaquita. Recuerdo tener el pensamiento si se alimentaba tan mal como yo.

Se sacó su campera y me arropó como lo hacen con los cachorros humanos. Mi corazón palpitaba como diez mil bombos sonando a la vez. Sin embargo, Julia me daba confianza. Hogar. Ella era mi hogar.

Me hablaba pero no entendía. Me mostraba todos los dientes. Después entendería que se trataba de Julia feliz, donde sonreía, cantaba y emitía sonidos mientras me agarraba los cachetes.

Entre sus brazos, investigaba cada parte de mi cuerpo, tratando de contar cada herida de guerra. De pronto frunció el seño. Algo estaba mal para ella.

A pasos acalorados, fuimos a un espacio repleto de imágenes de perros, gatos y tantos animales. Un humano con delantal se acercó a nosotros, me condujo a una camilla. Julia nunca se separó de mí. El miedo me movía de manera involuntaria, solo quería irme de ahí, todo era desconocido. Recuerdo haber gruñido frente a la primera vacuna, pero ninguno de los humanos sintió miedo. De todos modos, nunca fue mi lugar predilecto esa casa que visitábamos con Julia.

De ahí salí con un pinchazo, un papel y un collar junto a una chapita que decía “Corbata”. Sí, me llamó Corbata, de tantos nombres posibles.

Mi primera vida con Julia es todo lo que un perro desea. Éramos mejores amigos. La verdad es que nunca entendí bien si ella buscaba un mejor amigo, un acompañante terapéutico o un sobrino en mí. Trataba de cumplir todas las funciones. Finalmente, era lo mínimo que podía hacer. Tenía un sillón de diseño dispuesto para mí, comida, y habíamos negociado un baño cada dos semanas y no ponerme cosas ridículas en la cabeza o en las patas. Mi mayor misión era cuidarla.

Los dos vivíamos solos en su casita y yo sabía interpretar perfectamente su humor, malos días, rompimiento de corazón o frustraciones. Iba siempre contorneándome, moviéndole la cola y me acercaba para lamerle la cara con lágrimas. O bien le ladraba hasta que saliera de la cama y fuéramos a pasear. Eso siempre fue suficiente para que hiciera esa mueca donde me mostraba los dientes, o sonrisa, como le dicen los humanos.

Nuestra convivencia era armónica y respetuosa. Yo la esperaba después del trabajo y salíamos a pasear. En nuestros recorridos habituales, me encantaba visitar a los perros de la cuadra mientras ella escuchaba música con sus auriculares. Solíamos quedarnos a disfrutar las tardes de otoño en la plaza: adoraba el color amarillo dorado de las hojas volcadas en el pasto, el sonido crujiente al pisarlas mientras los niños se acercaban a darme una palmadita en la cabeza para luego volver a sus corridas, subibajas y peleas de guerreros.

Sin embargo, lo que más disfrutaba era ver a Julia bordar. Era un evento mágico para mí: tomaba su bastidor y comenzaba la danza de los hilos de Mouliné, trazando delicadamente movimientos precisos que buscaban el recorrido de una figura ya previamente trazada. Sentía la paz que emitía Julia en ese momento, sentía cómo se encontraba ella con sus preguntas y sus silencios, con su serenidad y sus movimientos. Me acurrucaba cerca de ella para contemplar juntos cómo el tiempo se desliza sin pretensiones cuando los últimos rayos de sol mueren en el rostro, abrazando con sus últimas fuerzas de calor y energía a aquellos que deciden valorar el instante de la vida. Asumí que así serían nuestros días. Lo di por sentado y ese fue mi error.

Pensé que siempre llegaría de sus prácticas de ballet cansada pero vital de alegría para corretear conmigo, pensé que jugaríamos a las escondidas siempre, ella llamándome detrás de la puerta y yo en mi papel de zonzo, recreando el simulado engaño de buscarla en la cochera o en la cocina, solo para volver a sus brazos en su intento de revelarse. Nunca se dio cuenta que la podía olfatear a kilómetros de distancia, que su olor a milanesa con mezcla a flores habitaba en mi hocico como si se tratara de mi propio ADN. Podía oler sus miedos, sus alegrías y sus equivocaciones. Su error, su único error. Se lo grité, le avisé, me enojé con ella, se lo dije con impotencia pero ¿cómo podría entenderme? Se me quedaron ahogadas las palabras en mi garganta.

-¿Puedo invitarla un café, señorita?- dijo Ezequiel esa maldita tarde de junio. Con él empezó mi segunda vida con Julia. De improviso, sin consultármelo ni nada.

Una campera rompeviento de color azul y gris vestía ese hombre aquel día. Se paró al frente nuestro y la silueta de su sombra en el piso agigantaba aún más su presencia, una sombra difusa entremezclada en las hojas, las cuales, de pronto, perdían su encanto otoñal para verse en una tonalidad grisácea sin luz ni energía.

Los pómulos rojizos de Julia vislumbraron lo que figuraría un genuino enamoramiento en ella. Ella accedió y Ezequiel aproximó su robusto cuerpo al lado de ella, con ese perfume a madera que siempre me originó una extraordinaria repulsión en las tripas.

Sus visitas continuaron a pesar de mi evidente apatía; Julia parecía ignorar su sombría interna e ignoró, también, mi incesante reclamo de auxilio. Mis días se tornaron tensos, en constante estado de guardia y con una impotencia que desconocía poder sentir.

Cuando recuerdo a Julia, se me asoma un sentimiento ambivalente de amor y bronca. Bronca por su parálisis frente a un miedo que sé no la dejaba dormir tanto como a mí. Nada fue igual. Cada día era la posibilidad de encontrarse con la desesperación en las narices.

No vio, no pudo, pensó que a ella no. Tan solo no. Para ese momento, ya era tarde para Julia y para mí. Sé que a su manera, me pidió perdón, con sus abrazos, con su mirada solloza. Sé que no era la vida que había planificado y ya no sabía cómo desenmarañar una construcción idealizada de familia con el infierno que estábamos viviendo con ese sujeto en nuestra casa.

Lo entendí todo cuando, en su intento por retomar su anterior vida, empezó a bordar de nuevo sentada en el patio del jardín, al lado del rosedal. Me acerqué para continuar con la que había sido nuestra sagrada liturgia y, al recostarme en su falda, sentí dentro de ella unos pequeños latidos.

Carmela nos visitó tantas veces como pudo, pobre. Vivía al lado y no encontraba el modo de ayudar a Julia. Sus tardes de mate eran uno de mis momentos predilectos del día, podía ver una suerte de maternidad en esas manos arrugadas de tanto baldear y refregar con agua fría. Con cinco hijos criados, como siempre se abanderaba ella, era mamá antes que todo. Era fuerte, alegre, luchadora, pero esta situación la estaba matando a ella también.

Sin embargo, fue Ricardo, su marido, el sigiloso y amable Ricardo el que llamó a la policía. Lo solía ver dando vueltas alrededor de nuestra casa. Ciertas veces quería tocar el timbre, preguntar y ver cómo estaba todo, pero no entendía ni sabía cómo actuar. Me daba cuenta que no estaba preparado para manejar esta situación. Un hombre de bien, un hombre de familia que se había alejado de chismes y juntadillas durante toda su vida. Sin embargo, no soportaba escuchar los gritos de Ezequiel contra Julia. No soportaba ese tono de voz, las amenazas, no se podía continuar viviendo con ese monstruo al lado. Sobre todo, no quería que ella viviera con ese monstruo al lado. Su formación, su “no te metas”, todas sus ideas se licuaron ante una herida que no era propia pero sangraba como si se tratara de una hija.

Ocurrió en la noche de la luna rosada donde las estrellas no brillaron. Todos los perros aullaban. El viento me susurró los cuentos de aquellos ancestros que dieron dignidad a mi linaje. Esa noche me sentía poderoso.

Ezequiel estaba furioso una noche más. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Golpeó la mesa e, inmediatamente, tomó a Julia del cuello. Respiraba con fuerza al lado de su rostro, marcando quién era la autoridad, mientras ella suplicaba por oxígeno. Ladré con todo mi ser, grité esperanzado de que mis desgarradores sonidos hicieran eco en algún alma cercana. Supliqué por misericordia, juro que así lo hice. Fui al patio y llamé a Carmela y a Ramiro a través de la medianera. “Vengan, por favor, vengan ahora. Necesitamos ayuda ya” les decía con mis ladridos. Lo hice tantas veces y con un volumen tan inusual que Ezequiel se percató de mi intención.

Volví a la cocina donde el espanto estaba sucediendo. Mi pulsión fue atacar el brazo de él y darle el aire que tanto suplicaba Julia. Me pateó con todas sus fuerzas. Mi rebeldía propulsó el lado instintivo de Ezequiel y con un palo impactó contra mi lomo. No sentía nada, absolutamente nada. Julia se puso en el medio de ambos, intentado conciliar una paz que ya había perdido sentido. Yo sabía que él no cesaría en su violencia. Este huracán había llegado a un estado alarmante. Mordí el tobillo de Ezequiel tan solo para que se desquitara conmigo y no con Julia. Me aferré con mis dientes aunque mi vida dependiera de ello.

Sin embargo, no pude impedir que tomara ese cuchillo sobre la mesa. En la coreografía salvaje que interpretábamos, el grito de dolor de Julia heló mi pecho. Creo que el de Ezequiel también. Ni él pensó que llegaría tan lejos.

La policía entró en ese preciso instante. Ricardo estaba detrás de ellos. Sus luces y gritos me enceguecieron por unos segundos. Me perdí. Fue un segundo de estar en blanco, en un mundo sin dolor, de paz y amor. Fue un segundo en estar de vuelta en los brazos de Julia, en nuestras tardes otoñales, en nuestros caminatas de verano. Abrí los ojos. Ricardo sostenía la mano de Julia, había mucha sangre en su vestido. Ricardo estaba nervioso, muy nervioso.

De repente, aparecieron los humanos con delantal. La ambulancia había llegado. No tengo explicación, pero los perros podemos percibir vibraciones en el aire, mensajes sublimes que la naturaleza nos regala por no haber traicionado nuestra biología. Supe que mi ilusión sería realidad.

 
 
 

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