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Marcela y Patricio

  • eugeniadunkler
  • 11 ene 2021
  • 4 min de lectura

La cita era a la diez, vía Zoom. La idea de esa plataforma fue de Patricio y no de Marcela. Ella ya había descubierto el sentido que le veía: mandar fotos de los hijos, videos sobre Capusotto, imágenes de Praga, París o del destino que visitarían, museos virtuales y alguna que otra balada de bandas de metal. Es decir, todo un abanico de seducción en plena cuarentena. Cómo se conocieron dos personas en una situación de emergencia sanitaria es casi tan posible como ganarse el Quini 6. Un caso extraordinario, de esos que se leen en los diarios, que se mira de lejos, pensando que esos números no son los que están marcados en tu cartón. Sin embargo, tanto en el amor como en los juegos de azar, se sigue apostando, a pesar de todo, con la minúscula ilusión de que nuestros nombres aparezcan en la cartelera.

Ambos superaron los cuarenta y tantos con varias vidas encima: casamientos, profesiones, hijos, divorcios, romances, quiebras, crisis y, ahora, encierro. Encierro junto a portarretratos que oficiaban de visita guiada de todas las decisiones que tomaron a lo largo de sus 47 años. Sí, los dos tenían la misma edad. Ambos, cada uno en su hogar, tenían la costumbre de quedarse contemplando una foto en particular, como quien mira lo inalcanzable del océano, sentadito en la playa y con todo el tiempo del mundo a su favor. En el caso de Marcela, eran los ojos de su mamá. No podía evitar extrañar sus palabras, sus abrazos, el olor a su comida. Su pequeña rutina siempre terminaba con un beso en la foto y un “te amo mamá”. Patricio, por su parte, veía las fotos de dos niños hermosos aunque distintos entre sí. El hermano mayor se llama Federico y en la foto tiene tres años, unos hermosos ojos verdes y un diente de lata producto de su cabecita inquieta. Nicolás, el bebé, tiene el cabello cobrizo y dos tiernos hoyuelos cerca de la comisura de los labios, perfectos para el rostro de quien sería el dueño de todas las travesuras del barrio. La fotografía ya cumplía 20 años, sin embargo, para los ojos de Patricio seguían siendo sus cachorros.

Quería compartir un asado con ellos, ver futbol o cómics, los necesitaba más que respirar, aunque su templanza a prueba de balas lo mantenía a flote. También, al igual que su cita, besaba la foto con una sonrisa.

Otro punto en común es que ambos anhelaban un amor profundo, sin tantas vueltas. El deseo secreto se volvía un espejismo con el transcurso de los años y de las heridas.

Un día miércoles con sabor a nada, pero absolutamente a nada, Marcela chocó literalmente a Patricio por estar viendo su celular. Ella tiró la bolsita del supermercado mientras que él se desplomó por el impacto, una vez más, estaba distraído con sus pensamientos. Más aún, al verla con su sonrisa eterna y una dulce voz, el efecto había escalado más profundo. Respondió al segundo “¿Estás bien?” de Marcela, entre torpe y tímido. El barbijo hizo gala de unos impactantes ojos color miel. Fue un flechazo, insólito, inesperado, desubicado. Pero flechazo al fin. Se levantaron, se rieron, hablaron y él se las ingenió para encontrarla en las redes. Desde ahí, todos los días hablaron, se acompañaron, se conocieron en la rutina y en lo impensado de esta nueva realidad.

Fluía de manera tan natural que para ambos era nuevo. "Tan bien que da cosquillitas de miedo", le admitió Marcela a una amiga. Parecían conocerse hace mil años, hasta en los momentos más cascarrabias, había ganas de explorarse y descubrir un poquito más del otro. Él propuso una cita, hasta que se convirtieron en veinte. Ella, en su modo, en su vestir como en su voz, en el desparpajo de su seducción, traspasaba la pantalla. Por momentos, él dudaba si efectivamente lo estaba viviendo o soñando, sin imaginar que Marcela estaba en la misma sintonía. Lucían las mejores prendas, siempre desde de la cintura para arriba, y se reían como dos adolescentes.

La de esa noche, a propósito, tenía un carácter especial. Como siempre, era a las diez y con Zoom. Él expuso la idea de leerse la borra de café (una excusa más para cenar con ella). -Vamos a nuestro café, ¿ya lo tomaste?, comenta ansioso Patricio

- Pará un poco, si me lo acabo de servir, ¿cuántos tutoriales me dijiste que viste?

-Cinco. Confía en mí- responde firme pero tentado Patricio.-Yo arranco-

Sus ojos se abrieron, eran enormes, casi se desplazan de su cara. Para su sorpresa, le muestra por la cámara que justo se había encontrado con una letra “M” al final de la taza. No creía en nada sobre estas cosas, pero su corazón se desbordó de alegría.

Ella tenía los ojos achinados de emoción. Tal vez porque fue en ese segundo que se dio cuenta lo que estaba pasando. Que en el medio de tanta oscuridad, una pequeña luz se había encendido , e increíble que pareciera, tenía su nombre en ella. Justo allí, entendió que el amor no necesita ninguna otra confirmación, ni azar ni predicción, solo ese instante de cuando tu corazón habla.


 
 
 

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